En algunos lados peruanos se cuenta, a veces, a manera de chiste, una vieja anécdota en la que se sugiere que un padre increpa a su pequeño de 12 años.

- ¿Qué pasa, hijo? – Le dice el padre – Uno se parte el lomo trabajando para darle todo y en la escuela usted se jala y reprueba.

El niño, que a sus doce años tenía la fama de ser inquieto y rebelde, escucha con atención. El padre continúa con el sermón.

- Yo a tu edad no tenía lo que ahora te damos, por eso te digo que aproveches. Mira el ejemplo de Alejandro Toledo, a tu edad ya andaba de lustrabotas y era un trome.

- Papá – responde el muchacho – a mi edad Alejandro Toledo andaba de lustrabotas, pero a tu edad Alejandro Toledo ya era presidente.

Empezamos nuestro artículo con esa pequeña historia porque refleja lo que ocurre en muchos hogares. Los padres quieren formar hijos ganadores, pero ellos son inconsistentes. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que exigimos mejores maestros, pero no mejores padres. Y la pobreza y el espíritu perdedor nacen en la casa, no en el colegio.

Apuntemos algunos aspectos de nuestra historia inicial:

Primero, los padres caen en el error de la inconsistencia. Les falta coherencia. Olvidan el poder del ejemplo. Quieren que los hijos lean, pero ellos nunca cogen un libro.

Segundo, solemos caer en el más facilista de los errores que es la comparación:

“Yo a tu edad era así…”, “yo a tu edad ya hacía esto y aquello”, “A tu edad fulano era así y asá.”

Es más, se plantea la vida en términos de una constante competencia al punto que es muy frecuente escuchar a padres declarar con absoluta naturalidad lo siguiente:

“Yo quiero que mis hijos sean mejores que yo”, “yo quiero que me superen… ”

(No dicen “quiero que mis hijos sean felices”, dicen: “quiero que sean mejores que yo.” Es decir, se les pone cierta presión o se les hace sentir ciertas expectativas y nos comparamos constantemente) Educar a los hijos no es tan simple como suele parecer. Hoy en día existe una crítica muy generaliza hacia la escuela, sin embargo no estamos siendo auto-críticos. De nada sirve que mejore la escuela, si el hogar no mejora. Por tanto, la clave no es tener a los mejores profesores, sino a los mejores padres. Y esto requiere especial dedicación.

Si queremos formar niños con potencial millonario, lo primero que debemos considerar es que antes de enseñarles sobre el dinero, hay que enseñarles sobre la vida.

Las cuestiones de orden financiero son cuestiones meramente técnicas. Hoy en día la literatura de educación financiera orientada a los niños, e incluso los cursos que se imparten sobre el tema, tiene una marcada inclinación a enseñarles a ganar dinero. Queremos que los chicos aprendan la importancia del ahorro, que vayan desarrollando su ingenio para sacar a flote su creatividad y su olfato empresarial.

Sin embargo, todo eso es técnico. Lo más importante son LOS PRINCIPIOS y LA MENTALIDAD.

Volvemos al punto inicial: Educar niños no es un tema simple. Y para que usted vea el asunto en real dimensión, pensemos en el Mahatma Gandhi.

El hombre que en el siglo XX se convirtió en la gran figura de la paz mundial, a propia confesión, tuvo un asunto familiar que nunca pudo superar. Gandhi era considerado el padre de todo un país, pero para su hijo era un extraño. En una ocasión el Mahatma declaró que “su mayor arrepentimiento era no haber podido ayudar a su hijo.” Y es que el hijo de Gandhi fue, incluso, acusado de violación. ¿El hijo no estuvo a la altura del padre? ¿El padre descuidó a su hijo? No se debe juzgar, pero se debe sacar algunas lecciones: ningún éxito compensa el fracaso con los hijos. Lo decía el propio Mahatma cuando escribió que “daría cualquier cosa por tener el afecto de su hijo.”

Señores, no se trata de tener niños con una alcancía llena de moneditas. Tampoco se trata de tener niños que aprendan a vender. No, eso es lo de menos. Tampoco se trata de que usted se haga millonario para que les enseñe con más autoridad. Por el contrario, si queremos hijos con potencial millonario tenemos que darnos cuenta que lo que un niño necesita es, primero CONFIANZA; y, segundo, necesita una guía.

Subraye eso: LOS NIÑOS NO NECESITAN DINERO, NECESITAN CONFIANZA Y GUÍA.

Veamos:

Primero, los padres deben ser conscientes que lo ideal no es tener hijos con dinero sino HIJOS FELICES. Esa óptica cambia la perspectiva porque asume que cada ser humano es único, tiene su propia vocación y por tanto tendrá su propio camino.

El poeta Khalil Gibran no pudo haberlo dicho mejor:

“Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos.”

Entender esto es fundamental porque hay padres que creen que sus hijos son una suerte de “objetos de su propiedad” que deben hacer lo que ellos creen que está bien.

Segundo, los padres tienen que entender que lo importante no es que un niño sea ahorrador, SINO QUE SEA SOÑADOR. Si usted quiere que sus hijos sean realmente ganadores, pues debe alentarlos a que sueñen. Soñar es un arte que se APRENDE, se transmite. Todos los millonarios son soñadores. De hecho, no existe persona que haya pasado a la historia sin ser un soñador.

Lo que hace que los seres humanos seamos felices es la posibilidad de soñar. Lo que tenemos en América Latina es la cultura de matar los sueños. A los niños se les pide que sean “realistas.” Ejemplo: A algunos niños se les viste con ropa usada. A otros niños, nunca se les lleva de viaje, y en algunos otros casos, los padres nunca les cumplen las promesas que les hacen.

Cuando un padre alienta los sueños de su hijo lo que hace es darle algo más importante que el dinero: CONFIANZA, CREENCIA. Y eso refuerza su autoestima.

La vez pasada estuve en Colombia y un muchacho de aproximadamente 15 años decía que quería ser militar. El papá le decía “que mejor estudie una carrera que le de dinero.”

El hermano mayor le decía “que no tenía estatura, que para ser militar hay que ser alto.” Ellos no le decían: “vamos a hacer ejercicios, todavía puedes dar un estirón, tu puedes, hay que prepararnos para el examen de admisión.”

No, ellos le ponían limitaciones.

La gente se suele quedar con la historia de éxito de Bill Gates. Pero, a decir verdad, el éxito de Bill Gates se debe, en buena parte, a la formación que recibió de sus padres. Lean los consejos que le daba su papá. La historia dice que la mamá lo formó con aquella máxima bíblica que dice: “De quien mucho recibe, mucho se espera.”

El papá le aconsejaba “que haga lo que él creía”, y así es como dejaban que lea lo que él quisiera, nunca lo obligaban…LE ORIENTABAN.

Se dice que en una ocasión al joven Bill le hicieron un test de orientación vocacional. Todas las opciones eran carreras universitarias y el joven debía elegir la carrera que más le gustaba. Al ver que no había la carrera de su elección, el adolescente Bill dibujó un recuadro y al lado escribió CIENTÍFICO.

Los papás no se enfocaron en hacer que su hijo encaje en “el molde que la sociedad nos impone”, sino a que siga su camino.

Esos son los padres ganadores. Los padres con mentalidad de riqueza alientan, apoyan, orientan, dirigen; en cambio los padres con mentalidad de pobreza reprimen, controlan, supervisan, no se comportan como líderes del hogar, sino como jefes.

Tercero, lo padres están cayendo en el error de “hacer que los chicos hagan algo para ganarse la propina.” Los consejos más corrientes sugieren eso: “Si quieren propina, entonces que tiendan la cama. Si quieren propina, que ayuden. Que aprendan que las cosas cuestan.” Error.

Los niños deben contribuir en la casa no porque les vamos a dar una propina, sino porque deben desarrollar el sentido de la obediencia que es el que va forjando su carácter. Dicho de otro modo, hay quehaceres en los que todo niño debe apoyar porque es lo que corresponde.

Además, cuando se les acostumbra a darles dinero a cambio de que hagan algo, inconscientemente se cae en el error de formarlos con mentalidad lineal. Sin darnos cuenta los vamos formando para que “intercambien tiempo por dinero.” Si lo que usted quiere es enseñarles a ganar dinero, entonces tiene que enseñarles no a obedecer por dinero, sino a que hagan negocios.

Cuarto, los padres deben usar el dinero para crear confianza. Cuando un pequeño de siete años se acerca donde su padre a pedir dos centavos de propina, lo que ocurre muchas veces es que el padre le niega la propina. Le dice:

- “Ahora no”, - “no tengo”, - "no me alcanza", - "te doy mañana"

Incluso a veces les regañamos. Con esa actitud lo primero que hacemos es darles a nuestros hijos el mensaje de que somos padres pobres. Les enviamos constantemente mensajes de escasez. Eso, aunque no lo creamos, va menguando el modo en cómo los chicos nos ven. Los chicos se dan cuenta cuando los padres sufren por dinero o, por el contrario, cuando son padres solventes.

Piense en esto: USEMOS EL DINERO PARA CREAR CONFIANZA.

Le pongo un ejemplo:

Imaginemos que su pequeño le pide dinero. Le dice: “papá, dame cinco centavos.” Entonces usted mete la mano al bolsillo y en lugar de darle cinco, le da diez. Y no le hace preguntas. No le dice: "¿para qué los quieres?, ¿qué vas a hacer? No, nada de eso.

Simplemente se los da, y se los da de buena gana. El niño se va a sorprender, va a quedar muy contento y usted le hace creer que se ha olvidado. Pasa un día, usted no dice nada. Pasan dos días y usted no dice nada.

Al tercer día usted se acerca a su pequeño y empieza a conversar. El chico piensa que usted se había olvidado, pero usted lo ha estado observando.

Entonces usted entra en acción:

Hijo, ¿qué hiciste con los diez que te di? Y entonces usted escuchará las respuestas: es muy probable que el niño haya gastado todo, o que aun tenga algo guardado. Lo importante es que usted ha generado una oportunidad: la oportunidad para empezar a conocer las tendencias de la conducta financiera natural del pequeño, y justo allí es que podrá empezar a explicarle a su hijo el poder del dinero.

Si ha gastado todo, ¿en qué ha gastado? De repente el chico compartió su propina con algún amiguito y usted tiene un hijo solidario. Entonces podrá ir guiándole con más facilidad. Podrá reforzar sus buenas tendencias y corregir las malas. Recuerde aquel proverbio que dice: “Instruye al niño y de grande no se apartará de su camino”, o aquella otra cita que dice: “Forma un niño rico, y evitarás a un adulto pobre.”

Señores, se trata de formar hijos que sueñen. No queremos hijos que aprendan a “cuidar su dinero”, sino hijos que aprendan el valor de la libertad. No queremos hijos que aprendan a ganarse una propina, sino que aprendan a hacer negocios. Pero por encima de todo, queremos hijos que sigan sus sueños, que sean felices.

En la revolución de 1968 allá en Francia, uno de los lemas de la juventud que protestaba era el siguiente: “Nos han dado de comer, pero no nos han dado razones para vivir.” Aquella frase tiene un profundo significado. No hay mejor razón para vivir, que un sueño. De ahí la importancia de enseñarle a nuestros hijos a soñar.

Jim Rohn sugiere un ejercicio: lleve a su hijo a que conozca el barrio donde vive la gente más rica de su ciudad; luego llévelo a que conozca el lugar donde vive la gente más pobre. Que los niños vean esos contrastes. Que hagan preguntas. Que cuestionen porque algunos son pobres y otros ricos.

Finalmente, quiero que recuerde lo siguiente: la gente rica compra experiencias, la gente pobre compra cosas. Sus hijos no van a recordar los juguetes que usted les compraba, sino los momentos que usted compartía con ellos. Experiencias: viaje con sus hijos, juegue con ellos, vivan aventuras en familia. Si su hijo quiere ser artista, apóyelo. Si quiere ser matemático, pues apóyelo.

La idea no es que herede una empresa, sino que herede el legado de una persona que es capaz de seguir un sueño. Porque a fin de cuentas lo importante no es que aprendan a ganar dinero, sino que aprendan el arte de hacer que su pasión les de dinero.

Señores, queremos padres ricos. Hogares ricos. Hogares felices. Seamos honestos: Nuestros hijos no son nuestra propiedad. Nuestros hijos necesitan alas, las alas son los sueños. Nosotros somos sus líderes, ¡No somos sus jefes!

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